No es sólo ficción

"Quería tan solo intentar vivir aquello que tendía a brotar espontáneamente de mí, ¿por qué me iba a ser tan difícil?" – Demian (Herman Hesse)

Eso

A veces hay que trazar una línea y olvidar todo lo que está al otro lado. Abstraerse, prender la mecha de la dinamita y hacer que todo vuele por los aires, que te quede el tabaco, el mechero, las llaves, el móvil y la cartera. Coger el pasado y simplemente cerrar la puerta para no mirar atrás. Reseteo. El equivalente ateo a la confesión, meter todo en un saco y lanzarlo al más profundo cráter del más profundo volcán. Verlo arder, cerciorarte de que ha ardido y pedir un taxi. Siga a ese coche, rápido. Pero te miras en el bolsillo y ahí está, eso.

Eso no arde.

O nunca deja de arder.

Crow

Asfixia, angustia, desasosiego, confusión, el tiempo pegajoso que se te pega a los huesos. Me asombra la capacidad de la mente para, durante los sueños, deleitarnos con las mejores y más elaboradas torturas; el talento de buscar lo más gris y sacarlo a la superficie como por arte de magia, como sabiendo que durante el sueño perdemos todos nuestros escudos y nuestro yo se muestra desnudo.

Hacía muchos años que no pasaba una noche tan larga y varios más que no sufría en mis propias carnes tan variada combinación de sufrimientos abstractos y concretos, menudo despliegue de medios. A veces tememos lo que los demás puedan hacer con nuestros miedos, pocas veces tememos lo que nosotros mismos podemos hacer con ellos.

Nosotros somos nuestros mejores verdugos.

Los que mejor y más eficazmente hurgamos en nuestras heridas.

Los que elevamos nuestros vacíos a dogma.

Y eso es muy peligroso.

Sólo para locos, rezaba el cartel, y vaya que sí.

So sad so sexy

          Entre el hastío y la desesperanza. Creo que nunca sabré qué es peor, si el miedo gaseoso que se cuela por cada rendija de la conciencia o la certeza que cristaliza en la garganta. Miedo a formar parte de algo más grande que yo mismo, certeza de no saber hacerlo.

Y me apetece echar a andar descalzo por la carretera y no llegar a ninguna parte, tan solo alejarme cada vez más de la colmena cruzando sembrados, neblinas y barrancos. Seguir caminando mientras el ruido se desvanece a mi espalda y me lleno de la soledad que sigue a quien no es seguido por nadie. Y ya en el borde, sentarme y gritar, gritar tan alto que se espanten los pájaros de otros planetas, que los nietos de tus nietos oigan el eco dentro de cien años, cuando todo se haya arreglado y los gritos sean sólo un recuerdo de todo lo que estuvo mal en el mundo.

 

Una noche cualquiera descubrí que soy mortal.

Tan mortal como cabía esperar y todavía un poco más.

 

Bizancio

Qué difícil es recuperar la ilusión y qué rápido puede esfumarse cuando estás a punto de tocarla con los dedos.

Tanto esfuerzo…

Pero, en contadas ocasiones, el injusto vacío deja libre el camino de lo que se creía irremediablemente perdido.

Y con las pupilas dilatadas cruzamos la arboleda en dirección a ninguna parte, adentrándonos cada vez más en la sombra, disfrutando del olor, del sonido de la lluvia rompiendo la tensión de lenguas, caderas y cuerdas vocales en llamas.

Orbitando…

Y sujetando esa mano, empapado, muerto de frío y prácticamente a oscuras, entendí el favor que nos había hecho la absurda ruleta del azar, donde cuando menos te lo esperas recibes una generosa dosis de ironía cósmica.

Y como siempre ocurre, la gravedad hizo el resto.

 

Way Down

Hay momentos en la vida que no pueden conectarse.

O no deben.

Porque si lo hicieran, sobrevendría la locura.

La locura de no poder resucitar sensaciones ya muertas.

Sensaciones que te atravesaron y me atravesaron, que nos hicieron polvo el estómago, el corazón, las entrañas. Y nada sobrevivió a esa bomba atómica. A esa mirada lúcida.

Como el ébola, demasiado poderoso para ir demasiado lejos, ese sentimiento murió horas después de nacer, se volatilizó por su propia energía, por ser demasiado sobrehumano, casi divino, por contener tanta virulencia que nos habría condenado a ambos a morir desintegrados.

Y sobrevino la peste negra, asolando lo poco que quedaba de raciocinio en un campo de juego que, por qué no decirlo, estaba podrido desde mucho antes. Siglos antes.

Y cuando se extinguieron las llamas y los asientos de plástico del palco se derretían como hielo en un volcán, se hizo el silencio y todo quedó color carbón, sembrado de sal.

Y yo, solo en mitad de ese yermo, no pude hacer otra cosa que cantar mientras lloraba amargamente en mi descenso al infierno. La amarga vuelta a casa.

Todas las vidas son sólo una

y nunca podrán ser más que eso

aunque las sembremos de recuerdos.

A cualquier otra parte

Dando tumbos.

Como si me hubieran metido en una lavadora.

Es como estar solo en medio de la puta estepa siberiana: he cerrado tanto mis puertas que todo lo que puedo escuchar son golpes, ecos. Noto como los goznes rechinan, ceden ante la presión.

Las bisagras se agitan como hojas en medio de un huracán. Veo trozos de hielo cayendo a ambos lados, se agitan y se agrietan como papel. ¿No debería esto ser el mejor seguro para una mente en ebullición? Por lo visto no.

Se trata de algo más profundo, mucho más difícil de quebrantar: la decisión de no caer. No acercarme al precipicio. Y sin embargo veo como las olas rompen con violencia contra las rocas, y las puertas han resultado ser un ridículo artificio. El agua empieza a entrar, primero espumosa, fruto del mar picado; después mucho más fluida. ¿Es esto deseable? ¿Saco las toallas o acepto mi destino? Probablemente tarde mucho tiempo en saber la respuesta.

Y en el firmamento la veo. Veo cómo ronda la atmósfera, con mi viejo telescopio lleno de tiritas puedo ver como se acerca peligrosamente, y yo por una parte me preocupo y por otra parte deseo que impacte y arrase el planeta. Que no queden ni las cucarachas. Que el golpe sea tan violento que ni siquiera tengamos tiempo de fumarnos un cigarro.

¿A dónde va mi conciencia? Nunca lo sabré. El día que simplemente se apague será como cuando se funde la luz de la cocina, me daré cuenta cuando falle el interruptor en medio de una noche hambrienta. Y, por supuesto, tendré que hacerme el bocata a oscuras.

Mírala

El que elige paga. El que se aventura a decidir, a señalar algo como objeto de su deseo, es el que la caga. No decantándose por nada ni por nadie es difícil equivocarse ¿no? Por eso quien pone la mano en el fuego es quien se quema. Y es fácil que te pase cuando se trata de elecciones tan complejas, de esas que te ponen los pelos de punta.

Aunque te digas a ti mismo que te da igual, no es cierto. Lo que digo siempre, lo jodido es la expectativa, esperar más de lo que realmente puedes alcanzar.

Y equivocarse tuvo un precio.

Hay veces que llegamos a estar seguros de cosas verdaderamente delirantes, incluso aunque todo apunte a que estamos más que equivocados, casi locos. Ciegos ante la evidencia.

Pero cuando estás seguro de algo hasta ese punto, sin dudar ni un segundo, acabas tirando para adelante, ¿verdad? No te paras y dejas que tu fantasía se disuelva, si no que vas hacia ella para encerrarla en un frasco y fliparlo con el revoloteo de las luciérnagas. Vas buscando la prueba de que no estás en un error, la prueba de que has evaluado bien y que sabes lo que estás haciendo.

¿Sabes a lo que me refiero?

Hasta que por fin hay suficientes pedazos como para juntarlos y ver el puzzle, y al hacerlo toca quejido lastimero. Pues te jodes – dice la parte inteligente de ti – por listo. Que eres un listo. Pero otra, la de las canciones, la que se fijó en los detalles y en los ojos, no dice ni mu. No dice ni mu porque sabe hasta qué punto la ha cagado, porque está hecha un ovillo en un rincón. Así que se encoje intentando desaparecer para, una vez más, huir de la verdad.

Libres

¿Hasta qué punto somos esclavos de lo material, de nosotros mismos y de los demás? ¿Somos libres? Bueno sí, somos libres de ir a comprar el pan, desde luego, siempre que tengas dinero para hacerlo. Por supuesto también somos libres de tomarnos un año sabático y recorrer el mundo, si puedes permitírtelo. Puedes elegir que hacer con tu tiempo, siempre y cuando no tengas obligaciones diarias, pero sin obligaciones no hay dinero, ¿no?. Tienes la libertad de manifestar lo que te duele, lo que te indigna, hasta que te desalojan de la plaza a hostias con tu pancarta.

Eres libre para elegir tu hogar, pero ya sabes…$$$. Incluso lo eres de irte a vivir bajo un puente, hasta que te echa la policía o te pegan una paliza unos adolescentes que también son muy libres. Por lo menos nos queda la libertad de coger una hipoteca (a tipo fijo, por supuesto), si nos la aceptan en el banco. En el del dinero.

Entonces, ha quedado claro que en lo material somos muy libres, siempre y cuando lo que sea. ¿Y en lo personal? ¿Somos libres? ¿Somos libres de elegir nuestro destino? ¿De olvidar nuestro pasado? ¿De vivir como soñamos? Bueno, sí, si tienes mucha suerte y por supuesto, dinero, sin olvidarnos de la salud.

¿Somos libres para elegir el sufrimiento que pasamos? ¿Somos libres para matar el dolor por no estar donde queremos ni con quien queremos? ¿De aniquilar a nuestros demonios? ¿De rechazar lo que se nos impone la química? Probablemente no.

¿Somos libres de no sufrir los prejuicios ajenos cuando decidimos tomar un rumbo en nuestras vidas? Sí, si no tienes sentimientos. Y si tienes dinero. Y si tú mismo eliges tu destino. Entonces a lo mejor consigues hacerlo. Y siempre y cuando ya hayas conseguido el resto de «libertades». Eres tan libre para pedir ayuda en un mal momento como lo es el que te ignora para negártela.

¿Esto es la libertad? Qué pena de concepto. Nos reímos de los que dicen «cocreta» pero no de los que dicen que vivimos en libertad, que no somos esclavos de las circunstancias y los sentimientos, que la vida no pone barreras sino que conspira para hacerte feliz, libre de estar sano, libre de eliminar el caos de la mente en ebullición, de elegir tu propio destino, libres.

¿Libres? Y una mierda.

Miss-antropía

Qué jodida es la misantropía.

Sobre todo cuando necesitas a alguien.

Qué jodido es levantarte sabiendo que no aguantas al género humano y que, sin embargo, siendo humana, te necesito por las mañanas.

Menuda putada injusta y paradójica, porque no estás.

Y porque peor sería que sí estuvieras.

Qué jodidas son esas mañanas, esos momentos al despertar cuando hace frío dentro y fuera.

Qué difícil tener que explicarme a mí mismo el porqué.

Y convencerme de que no debo dejar que te acerques es mucho más fácil que alejarme cuando estás cerca.

Échame una mano para odiarte joder, pégale una patada a un gato ciego.

Yo qué sé.

Algo.

A dos palmos

A veces me haces una pregunta que nunca puedo contestar, la única pregunta en la que la mentira no encuentra el camino a la superficie, tocas el único resorte para el que no tengo salida. ¿Por qué ya no escribes? Me preguntas. Y entonces pienso en sobre qué escribiría, pero ahí estás, a mi lado y en otro puto sistema solar al mismo tiempo. Puedo alargar la mano y tocarte un hombro, pero ni de lejos puedo escribirte. No sin quedar al descubierto como un vil impostor. Me pongo a escribir y dejo un rastro de falsa indiferencia hacia lo que me cruje muy dentro del pecho cada vez que compruebo que te convertí en un fantasma vivo, cada vez que pienso sobre lo que pudo ser o no ser, en los torpes nudos marineros que hice con la línea temporal a fin de cagarla como era menester: por todo lo grande.

Y esto es lo que pasa cuando escribo, esto es lo que me sangra por la nariz cuando quiero expresar algo. Es como una marca de agua que no puedo dejar de plasmar en cada palabra que sale del teclado. Lo digo pero no lo digo, está y a la vez no está. Huele a butano y sólo espero que alguien salve al gato antes del siguiente clic que produzca la chispa que lo prenda, para decirte lo mucho que te echo de menos mientras el escritorio arde en llamas.

¿Y ahora qué? ¿Lo borro y lo vuelvo a escribir la semana que viene? ¿Lo dejo en un cajón cogiendo polvo mientras me mata este picor de hipotálamo? ¿Lo llevo a la sede del PP para que me lo pasen por la licuadora? Como siempre, más preguntas que respuestas. Pero mientras tanto, clic clac clic clac clic clac, yo sigo escribiendo, ahora ya sí, desde dentro del incendio.

Espérame a dos palmos de la puta locura.